El cantar de la capisucia …                

Por: Jorge Ventocilla

 

Hace unos días hablé por teléfono con mi hermana Rosa María, en el Perú, y luego por “skype” con mi hijo Jorge Luis, quien estudia en Inglaterra. Fue curioso, pero ambos, a poco de empezar a conversar, hicieron referencia al canto de las aves que escuchaban de fondo. Eran las capisucias (Turdus grayi), que en estos meses cantan a más no poder en diversas partes de Panamá.

 

La reacción de mi hermana fue un “qué bonito suena”. Además de su comentario, en el rostro de mi hijo observé dibujarse una sonrisa; yo sabía que a él el trinar del ave lo transportaba a la infancia, transcurrida aquí en Gamboa, desde donde yo lo llamaba.

 

 

Maravillas de la tecnología que nos ponen en contacto en el instante de un lado a otro del planeta: hasta con imagen real y telón sonoro de fondo. Pero, maravilla primaria también la de la capisucia y demás aves, que con sus cantos nos pueden llevar a remotos y quizás olvidados, “cajoncitos” de la memoria.

 

Para estar claros sobre el personaje de quién hablamos en esta Luna, aquí una grabación de la capisucia.

 

“La capisucia es el ave que más nombres autóctonos tiene en Panamá”, me dijo Francisco Delgado, desde Chitré. “Así, le llaman capisucia en todo el país; platanera, cascocha y cascá, en Azuero; chorotega o choroteca, en Chiriquí; y en la frontera, yigüirro.”

 

Empieza a cantar a fines de la estación seca, cuando la gente comenta “…como que ya quiere llover”. Quien canta es el macho, y canta y canta no para llamar a la lluvia sino porque anda enamorado. Está en reproducción y su canto mañanero, que busca impresionar a las hembras, es señal del inicio de la temporada de reproducción de buena parte de las aves panameñas. Cuando comienzan las lluvias aumentan las poblaciones de insectos, y así las aves tienen más recursos con qué alimentar a sus crías: ahí la explicación.

 

Macho y hembra son similares. Y aunque vuelan bien les gusta también pasarla sobre la tierra, buscando comida – gusanos, por ejemplo – en especial después de una lluvia. El nido puede estar en los árboles o bajo los aleros de las casas; tiene una base de barro que la hembra lleva de a pocos en su pico; sobre ésta va colocando palitos y hojas, y lo que encuentre y considere que le puede servir (pedazos de hilos, cuerdas de plástico, etc.). Pone de dos a cuatro huevos celestes salpicados con manchas oscuras que son incubados por ella durante doce días. Una vez nacen, el macho ayuda en la alimentación de los pichones en las dos semanas que permanecen en el nido.

 

Todas las capisucias de una localidad se reproducen simultáneamente. Eugene Morton, colega del Smithsonian quien ha estudiado la especie, me comentó que curiosamente las aves de la vertiente del Pacifico cantan dos meses antes que las del Caribe.

 

Seguramente a fines de este mes de abril, veremos ya pichones de capisucia volando por ahí, cayendo a tierra con frecuencia. Es una época muy peligrosa en su vida pues son presa fácil para los gatos: ponga entonces atención a su gato, si tiene uno en casa.

 

La capisucia come fruta y se acercará gustosa si colocamos un comedero con guineos. Por su apariencia, no es exactamente un ave hermosa; mas bien bastante sencilla no más… pero en la ciudad pocas aves le ganan cantando.
Durante una tercera parte del año, de febrero-marzo a junio, será la primera ave que escucharemos (…si escuchamos) cantar al despertarnos. Fuera de estos meses de tanta inspiración, las capisucias no cantan.

 

 

Mi amigo el antropólogo, Blas Quintero, muy cercano al pueblo ngäbe, me comentó: “Los ngäbe la llama ’Dela’ y hay una fábula que dice que cuando Dios acabó de crear el mundo se sintió cansado y con insomnio. Llamaron a los animales que sabían cantar. Todas las aves fueron a cantar a Dios para que durmiera pero no podía dormir. Entonces le dijeron a Dela, vaya a cantar para dormir a Dios. Pero Dela decía: ¿cómo voy a ir así, si no tengo vestido brillante (por lo del plumaje) pero los demás animales lo convencieron. Dela fue y cantó un poco lejos de Dios; su canto durmió a Dios. Cuando despertó preguntó por Dela pero ya se había ido..”.

 

Fue Blas también quien me dijo que por Rincón Hondo, allá en Pesé, la cascá “..tiene un rango algo sacro, como los ruiseñores, colibríes y torditos.”

 

El “yigüirro”, como llaman a la capisucia en Costa Rica, es el ave nacional de ese país hermano. Potente y poderosa nuestra águila arpía, pero su gracia y presencia notable y simbólica tiene también la mucho más pequeña capisucia.

 

Ya a estas alturas, uno cree cada vez menos en las “casualidades”. Esto lo digo porque poco después de la llamada telefónica y del contacto por “skype”, que comenté al inicio – y mientras escribía el borrador de este artículo – me llama muy temprano mi hermano Tato, también desde el Perú. Sin saber nada de las otras llamadas, me dijo que me contactaba porque frente al árbol de su casa estaban cantando las cuculíes, especie de torcaza muy común allá y cuyo canto marcó mi propia infancia: él quería regalarme un poco de ese concierto matutino limeño. Pero por más que acercó su celular hacia el árbol, no fue posible: el ruido de los carros apagaba todo otro sonido.

 

Y es que así nos está pasando en muchos lados: nos vamos quedando sin poder escuchar a las aves. O incluso, sin verlas más. Una amiga me describe con estas palabras su experiencia en el barrio residencial capitalino de esplendidas torres, donde se mudó hace un par de años: “He estado sintiendo la tristeza de ver desaparecer las aves poco a poco. Ahora solo los talingos se oyen de vez en cuando. Incluso los sinsontes que era lo único que yo oía por acá, han desaparecido. Asimismo, yo solía presenciar lechuzas, garzas nocturnas y al american kestrel, cuando bajaba a pasear a mi perro, y ya no  se ve nada. De vez en cuando un halcón peregrino surca el cielo a toda velocidad, pero eso lo veo más desde mi balcón que otra cosa. ¡Menos mal que le tengo mucho cariño a los gallinazos!”

 

 

Otra persona amiga, aficionada también a la observación de aves, me comentó así la experiencia en la casa de playa de sus familiares, dentro de un selecto resort playero: “…otro lugar que ha espantado sus aves a punta de casas de lujo con jardines bien cortaditos y muy envenenados…”

 

“Hay una profusión de música de pájaros en casi todas las ciudades, aunque estoy seguro que muchos residentes no lo notan”, decía décadas atrás el filosofo Lin Yutang. Quizás al filósofo no le tocó vivir en el ambiente sonoro que predomina hoy en buena parte de la mayoría de las capitales; bien por él.

 

…Pero habrá que recordar que “calidad de vida” es, o debe ser, sinónimo de aire respirable, parques urbanos, transporte decente, seguridad ciudadana, y también, presencia de aves silvestres y del regocijo de sus cantos, que libres y gratuitos, ofrecen a todos por igual.